Cómo funciona el océano
Hace poco descubrí a Helen
Czerski y su libro “Blue machine: cómo funciona el océano”. Su manera de
contar las cosas me encantó y por ello en este artículo quiero compartir
algunas de las ideas interesantes de su libro.
Portada
del libro Blue Machine de Helen Czerski. La versión en español sale en España
en abril de 2026
Helen Czerski es una física y
oceanógrafa británica que combina su trabajo científico con una gran habilidad
para explicar la ciencia al público. Participa en expediciones, bucea y trabaja
en barcos de investigación. Además, es una divulgadora muy reconocida en el
Reino Unido gracias a sus colaboraciones con la BBC y a sus columnas en medios
como BBC Science Focus Magazine y The Wall Street Journal. También es autora de
libros de divulgación como Storm in a Teacup (Tormenta en una taza de
té) y Blue Machine: How the Ocean Works (Máquina azul: cómo funciona el
océano).
Helen Czerski. Fuente:
https://www.helenczerski.net/
En su libro Blue Machine, Czerski
propone su gran teoría: El océano funciona como una gran máquina planetaria,
movida por la energía del Sol. Sus aguas, en constante movimiento, regulan el
clima y distribuyen energía. Gracias a factores como la temperatura, la
salinidad y la rotación terrestre, se generan corrientes y cascadas submarinas
que transportan nutrientes esenciales. Este proceso garantiza la supervivencia
de todos los organismos, desde el plancton hasta los grandes mamíferos y los
seres humanos.
La imagen de la Tierra desde
el espacio y el telescopio oceánico
Blue Machine comienza con una
imagen icónica: la fotografía “Blue Marble” (Canica azul), tomada en 1972
durante la misión Apolo 17. Fue la primera imagen totalmente iluminada de la
Tierra, en la que se veía claramente un PLANETA AZUL dominado por el océano.
La icónica foto "Blue
Marble” es la primera imagen a todo color de la Tierra completa. Fue tomada por
la tripulación de la misión Apolo 17 el 7 de diciembre de 1972
Esta imagen permitió que, por
primera vez, la humanidad viera la Tierra como un ente único. Sin embargo, esa
nueva perspectiva nos mostraba una paradoja: aunque ya éramos capaces de
observar el planeta desde el espacio, todavía no éramos capaces de entender bien
el océano que cubría la mayor parte de su superficie.
Para estudiar el océano, la
autora confiesa que desearía tener un instrumento parecido a un telescopio,
pero dirigido al mar: algo que permitiera ver de una sola vez sus movimientos,
patrones y conexiones. Un telescopio enfocado al cielo nos muestra no solo
estrellas sueltas, sino estructuras completas como galaxias o corrientes de gas,
lo cual permite un análisis más completo del cosmos. Esa visión global es justo
lo que falta en el estudio del océano.
Sería estupendo tener un telescopio
oceánico para conocer mejor su funcionamiento. Creado con Copilot
El problema es que el océano es más
opaco que el espacio, así que no puede observarse de manera directa y continua.
Lo investigamos con boyas, barcos, satélites y mediciones locales, pero estos
instrumentos solo nos proporcionan datos puntuales y no permiten entender
fácilmente el sistema oceánico como un conjunto. A diferencia del cielo, no
podemos “mirar” el océano y tratar de comprender cómo funciona.
Con esta comparación, Helen no
habla de conseguir un instrumento real, sino de una “manera nueva” de mirar el
océano que nos ayude a entenderlo como un sistema físico que mueve energía y
cambia constantemente. Su objetivo, y también el de su libro, es construir ese
“telescopio oceánico” mental que, gracias a la física, nos permita imaginar
cómo funciona el océano en cada momento, del mismo modo que podemos imaginar lo
que ocurre en el cosmos.
La ciencia nos lo explica todo
Gracias a esta nueva forma de
mirar el océano desde la ciencia entendemos que el agua, en forma de hielo,
líquido o vapor, es el motor del planeta. Cada estado cumple una función dentro
de esta “máquina azul”: el hielo refleja la luz del Sol y ayuda a regular la
temperatura, el agua líquida mueve calor y nutrientes por los océanos, y el
vapor transporta energía por la atmósfera y participa en la formación del
tiempo atmosférico y del clima. Cuando el agua cambia de un estado a otro se
activan procesos como las corrientes marinas y las tormentas, que caracterizan el
clima y hacen posible la vida.
Un aspecto clave de este sistema
es el intercambio constante de gases entre la superficie del océano y la
atmósfera. El mar actúa como un gran depósito de oxígeno, nitrógeno y dióxido
de carbono, que pasan del agua al aire y viceversa. Este intercambio depende
del viento, de las olas, de la temperatura y de la salinidad del agua. Gracias
a ello, el océano puede absorber CO₂ o liberar otros gases según cambian las
condiciones, convirtiendo su superficie en una zona muy activa.
Procesos que tienen lugar en la
atmósfera, los océanos y el hielo marino, así como las distintas interacciones
que tienen lugar entre ellos. FUENTE:
https://www.encyclopedie-environnement.org/en/home/
En las regiones frías, como el
mar del Labrador, el agua superficial se enfría, aumenta su densidad y se
hunde, llevando oxígeno hacia las profundidades y conectando la superficie con
la circulación global del océano. En las zonas cálidas ocurre lo contrario: la
evaporación transforma el agua en vapor, que transporta energía por la
atmósfera y contribuye a la formación de nubes, lluvias y grandes sistemas
meteorológicos.
Ver el océano desde esta
perspectiva más completa también nos ayuda a revisar algunas ideas muy
difundidas que no siempre son exactas. Un ejemplo es la frase “el océano nos
proporciona una de cada dos bocanadas de aire que respiramos”. Aunque sirve
para destacar la importancia del fitoplancton, no refleja cómo funciona
realmente el oxígeno en el planeta.
El oxígeno no “viene”
directamente del mar o de un lugar concreto: en realidad la atmósfera es un
gran depósito de una mezcla de gases, y el aire que respiramos hoy puede llevar
cientos o miles de años circulando. No dependemos de la producción diaria, sino
del enorme almacén acumulado a lo largo del tiempo.
La formación de la atmósfera. Fuente: https://www.eafit.edu.co/
Es cierto que alrededor del 50 % del oxígeno
producido cada año por fotosíntesis
proviene del océano, sobre todo del fitoplancton,
pero la mayor parte del oxígeno que respiramos es muy antigua.
Se acumuló durante millones de años, hasta crear una atmósfera apta para
la vida.
El océano es
esencial en el ciclo del oxígeno y en el funcionamiento del
planeta, pero no produce literalmente la mitad del aire que respiramos hoy: ese
oxígeno ya estaba en la atmósfera desde hace muchísimo tiempo.
Los navegantes que comprendían
el océano
El océano es un sistema dinámico que
recibe energía del Sol, está influido por la rotación de la Tierra, por el
viento, por la atracción gravitatoria de la Luna y del propio Sol (produciendo
las mareas), y por los cambios de temperatura y salinidad que alteran la
densidad del agua. Estos factores mantienen el agua en movimiento continuo.
El movimiento del océano y los
factores que contribuyen. Imagen creada con IA
Las corrientes oceánicas son el
ejemplo más claro de ese dinamismo: funcionan como un sistema circulatorio que
transporta calor, nutrientes y energía entre los trópicos y los polos. Se
generan por diferencias de temperatura y salinidad, por la acción del viento y
por la rotación terrestre, y juntas forman una red global que regula el clima y
sostiene la vida marina.
Las olas son otro tipo de
movimiento más superficial del océano, causado por la transferencia de energía
del viento al agua. Aunque no trasladan grandes volúmenes de agua de un sitio a
otro, pueden recorrer enormes distancias y modificar la superficie del océano,
facilitando la mezcla, el intercambio de gases y muchos procesos químicos
esenciales.
Históricamente, los navegantes
han dependido de la observación de las condiciones del océano, las corrientes y
las olas, para orientarse en un entorno tan diferente al terrestre. Los
primeros marinos carecían de conocimientos de física o instrumentos que les
ayudaran a interpretar el mar. Navegar podía parecer una locura por lo
impredecible y peligroso del océano, y, sin embargo, algunos aprendieron a
observarlo con atención, identificaron patrones de funcionamiento, y utilizaron
esas intuiciones para viajar, explorar y encontrar nuevas oportunidades de vida
en otros lugares.
Los pueblos polinesios fueron
grandes exploradores del Pacífico entre el 1000 a. C. y el 1200 d. C.
Recorrieron distancias enormes en embarcaciones muy sencillas para comerciar y
colonizar nuevas tierras, recorriendo casi todo el Triángulo Polinésico: Hawái,
Nueva Zelanda e Isla de Pascua. No navegaban “a ciegas”, sino que sabían leer
el mar. Entendían que se comportaba siguiendo reglas físicas coherentes: las
olas de fondo creadas por tormentas lejanas mantenían su dirección durante
miles de kilómetros, incluso si cambiaba el viento local. Reconocían estos
distintos trenes de olas y podían identificar su procedencia.
El triángulo polinésico. Fuente:
https://globeland.es/tres-joyas-en-el-oceano-pacifico/
También detectaban islas que aún
no veían. Una masa de tierra altera las pautas de las olas, reflejando unas,
frenando otras y creando zonas de sombra e interferencias. Los polinesios
percibían estas señales a través del balanceo de la embarcación, la cadencia
del oleaje y pequeñas vibraciones, construyendo un mapa mental de oleajes
típicos. En lugar de un norte magnético, seguían un “mapa” formado por este
conjunto de reglas y señales, que les servía de referencia para mantener rutas
estables entre islas muy lejanas. Para ellos, el océano no era un caos, sino algo
ordenado y legible; navegar era “escuchar” cómo funcionaba.
Canoas de vela tahitianas. Fuente:
wikipedia
Los vikingos (siglos VIII‑XI)
son otro ejemplo de grandes navegantes. Viajaron por gran parte de Europa y
llegaron a Islandia, Groenlandia y América del Norte.
Durante mucho tiempo se pensó que usaban
instrumentos secretos, pero su verdadero talento era, igual que los polinesios,
leer el mar y el cielo. No necesitaban tecnología
avanzada porque conocían las reglas estables del océano: vientos dominantes, corrientes habituales, movimientos de
las olas, trayectorias solares previsibles y señales de
nubes y luz.
Un drakkar, barco vikingo del siglo
VIII, alejándose de los fiordos noruegos para iniciar una travesía de altura.
Fuente: https://historia-maritima.blogspot.com/2012/01/los-vikingos.html
Su objetivo no era saber su
posición exacta, como hacemos con un GPS, sino mantenerse en la dirección
adecuada. En rutas como la de Noruega a Groenlandia seguían una
latitud aproximada usando el Sol y aceptaban pequeñas
desviaciones, confiando en que la dinámica del océano los devolvería al rumbo
correcto.
El Sol era su referencia
principal: su altura marca la latitud y su recorrido anual es predecible. Eran
capaces de deducir su posición incluso con
nubes, por la claridad del cielo o las sombras. Probablemente usaban un compás
solar, un disco con una varilla para seguir la dirección mediante la sombra del
mediodía. Los relatos antiguos mencionan la “piedra solar”, quizá calcita, que
permite localizar el Sol en días nublados gracias a la polarización de la luz,
aunque esta herramienta era solo una ayuda complementaria.
Además, los vikingos observaban
la forma, el ritmo y la dirección de las olas, identificaban corrientes típicas
y relacionaban viento, mar y nubes para ajustar continuamente su rumbo. Su
éxito no se basaba en dominar el mar, sino en entenderlo y adaptarse a él.
En definitiva, estos hábiles navegantes
demostraron que el océano no es un caos, sino algo ordenado, lleno de señales
que pueden interpretarse. Esto nos demuestra que desde mucho antes de la
ciencia moderna ya había pueblos capaces de interpretar la “máquina azul” y de
desplazarse gracias a su dinámica, convirtiendo el océano en un aliado en lugar
de un enemigo.
Mensajeros, pasajeros y viajeros del océano
El océano no es solo agua con organismos dentro: es un entorno dinámico
en el que unas cosas transportan información, otras son transportadas, y
algunas se mueven activamente dentro de todo el conjunto. Esta distinción ayuda
a entender cómo el océano conecta lugares lejanos y cómo los procesos físicos
sostienen la vida.
Mensajeros, pasajeros y
viajeros. Imagen creada con IA.
Los mensajeros del océano son señales físicas, como las olas,
la luz, el sonido, los cambios de temperatura y presión, y las corrientes a
gran escala. Transmiten información sobre tormentas lejanas, presencia de
tierra, profundidad, estructura del océano, cambios climáticos. No son seres
vivos, pero llevan información de un punto del sistema a otro. Un ejemplo de
mensajero son las olas de fondo que pueden viajar miles de kilómetros desde una
tormenta sin perder su dirección.
Los pasajeros del océano son organismos o materiales que
se mueven porque el océano se mueve, no porque ellos decidan ir en una
dirección concreta. Viajan con las corrientes, los remolinos o por las capas de
agua. El plancton, las larvas marinas, los microorganismos, los nutrientes o
las partículas de carbono son los pasajeros del océano. Este movimiento de
pasajeros en los océanos determina dónde hay vida, dónde hay productividad
biológica y cómo se distribuye el carbono y el oxígeno en la masa oceánica.
Un ejemplo de pasajero es el plancton, que es el conjunto de organismos
diminutos que sostiene casi todas las cadenas alimentarias marinas. Su movimiento
depende completamente de la física del océano y a su vez, condiciona la
distribución de vida en el océano. La conclusión más importante es que: Gran
parte de la vida marina existe porque el océano la transporta.
Los viajeros del océano son seres vivos que se mueven
activamente, pero no lo hacen al margen del sistema, sino aprovechándolo. Son
viajeros las tortugas marinas, las ballenas, los tiburones, los peces
migratorios, las aves marinas, y también los humanos. Usan las corrientes para
ahorrar energía, siguen diferencias de temperatura, y se orientan con señales
físicas del océano. No luchan contra el sistema: viajan dentro de él.
Por ejemplo, las ballenas aprovechan corrientes y rutas oceánicas
estables para recorrer miles de kilómetros reduciendo su gasto energético.
Y esto mismo es lo que utilizaban los antiguos navegantes con gran
éxito, porque intuían que viajar en el océano implica entender sus reglas
físicas.
Esta distinción entre mensajeros, pasajeros y viajeros permite
comprender el océano como una red de intercambios continuos. Juntas, estas tres
categorías rompen la idea de un océano desordenado y refuerzan la visión
central del libro: el mar es una máquina global estructurada, impulsada por el
Sol y regida por leyes físicas simples pero poderosas.
En el fondo, Blue Machine sugiere que los humanos también formamos
parte de esta clasificación. Recibimos mensajes del océano en forma de clima,
temporales o cambios del nivel del mar; somos pasajeros del sistema climático
global; y actuamos como viajeros a menudo torpes, alterando la máquina sin
comprenderla del todo. Por eso entender a los mensajeros, pasajeros y viajeros
del océano no es solo una cuestión científica, sino un requisito para asumir
nuestra responsabilidad como ciudadanos de un planeta dominado por el mar.
Referencias:
https://es.wikipedia.org/wiki/Navegaci%C3%B3n_polinesia
Vídeos:
1. The fascinating physics of everyday
life (TED Talk): Helen Czerski: The
fascinating physics of everyday life | TED Talk
2. Turning whale earwax into data: Bing Vídeos
3. We know more about the
deep ocean than the moon: https://www.youtube.com/shorts/Y-n_If8Zphw
4. The complex relationship
between fish and pigs: https://youtu.be/7b71YfVpoAw
5. How does the ocean help
shape our world?: https://youtu.be/Ea3PjSskYn4
6. Sound Waves: Using Sound:
Sound Waves: Using Sound - Vídeo
Dailymotion
7. Coccolithophores and
Calcium: https://youtu.be/EMNuYOEBOWI
8. We Need to Talk About
Physics: https://youtu.be/ubJ7iqLkXfs
