lunes, 21 de enero de 2019

SIN MIEDO A LOS TIBURONES: buceando con el tiburón de arrecife del Caribe (Carcharhinus perezi)

Este artículo se publicó en la Revista AcuSub en el número 185
www.acusub.net
Texto: Mónica Alonso Ruiz
Muchos buceadores sentimos fascinación por los tiburones, quizá por su potencia depredadora, o por el “miedo” que nos han hecho sentir con películas como “Tiburón”. Una vez superado este miedo inicial, los que tenemos la inmensa suerte de practicar el deporte del buceo, soñamos con poder sumergirnos con ellos. Desafortunadamente los mares no están “infestados de tiburones” como se dice alguna vez, y la probabilidad de encontrarte con uno en la inmersión en nuestras costas es bastante reducida. Por ello algunos afortunados viajamos a lugares remotos donde encontrarnos con un tiburón es más fácil.
Vencer el miedo a estos animales ha supuesto para algunos de nosotros un considerable esfuerzo. Y la mejor manera para conseguirlo en mi caso, ha sido mediante el estudio de los mismos, en el cual puedes apreciar lo maravilloso de todas las facetas de estos animales, su evolución, su comportamiento y biología y su majestuosa natación. Una vez que hemos obtenido un pequeño conocimiento de las especies y de su biología y comportamiento, ya somos capaces de liberarnos de los falsos mitos y podemos realizar alguna actividad con ellos.
Foto: WikiHow
No es habitual encontrarse con un tiburón en nuestras costas, y salvo si se tiene la inmensa suerte de poder ir a ciertos lugares del mundo en los cuales los tiburones son más o menos frecuentes, muchos buceadores no han visto un tiburón en su vida. Las inmersiones que tienen por objeto el buceo con tiburones, sin que sean meros encuentros casuales, son una forma de que los buceadores puedan acercarse a estos animales en unas condiciones más o menos controladas cuando se les atrae con cebo.  Es una forma de hacer valer aquello de que “vale más un tiburón vivo que uno muerto”. 
En este artículo quiero reflexionar un poco sobre estas actividades y contaros la primera vez que tuve la oportunidad de hacer este tipo de actividad. Ello ocurrió cuando durante un viaje a Roatán que realicé hace unos años nos propusieron hacer una inmersión de buceo programado con tiburones de arrecife del Caribe. No me lo pensé, y finalmente resultó ser una de las mejores experiencias de mi vida subacuática, de la que pude aprender para ocasiones posteriores.

El miedo a los tiburones

Es inevitable para muchos tener miedo a los tiburones. El miedo es algo irracional e indudablemente también tiene una componente aprendida. En nuestro caso han sido el cine y las películas de monstruos los que nos han inducido a ese miedo, que algunos ya teníamos dentro de lo más profundo de nuestra mente.

Para describir el miedo a los tiburones quiero recurrir a las sabias palabras del psicólogo Antonio Bermejo, buceador y divulgador subacuático, que nos da su opinión y experiencia profesional:

“A veces confundimos lo que nos da miedo con lo que es peligroso. Lo cierto es que el miedo es una emoción necesaria para protegernos de peligros externos. Pero muchas veces el miedo proviene de fantasías y peligros internos que cuando son intensos e inhabilitantes pueden establecerse como fobias, pero que no se ajustan a una realidad externa.

Hay muchas cosas que producen miedo a determinadas personas, algunas de carácter muy global, pero que no representan un peligro real (los aviones, las ratas, las alturas, los espacios cerrados, el buceo....etc). Los tiburones dentro del contexto del buceo forman parte de esta categoría.


Foto: WikiHow

En el temor a los tiburones a mi entender se conjugan condicionantes psicológicos, culturales y antropológicos. El miedo a ser devorado por un ser que surge de las profundidades, es común a muchas culturas aunque se exprese de diferentes formas.

Los tiburones por sus características; aspecto fiero, cierto halo de misterio, moverse en un el entorno acuático donde nos sentimos especialmente desprotegidos, sobre todo si estamos en superficie, y algún que otro hecho grave pero anecdótico, ocasiona que dichos animales encajen perfectamente en el imaginario colectivo, como seres potencialmente dañinos. A ello también ayuda el lenguaje social que se refiere a ellos como "devoradores de hombres", "asesinos" o "bestias".

Pero cuando se analiza la situación desde un punto de vista racional, o experiencial, los que hemos tenido la inmensa fortuna de bucear con diferentes especies de escualos, notamos claramente que no supone un peligro real, y que lo máximo que obtenemos de ellos es en general cierta curiosidad cuando no indiferencia.

Al margen de situaciones y especies muy concretas, en términos genéricos bucear con tiburones es una experiencia fascinante, y totalmente segura utilizando el sentido común,  como siempre debe hacerse en cualquier actividad relacionada con el buceo.”

Leer estas reconfortantes palabras ayuda en gran manera a entender y superar nuestra prevención e indudablemente nos incita a interesarnos por los tiburones y por las actividades de buceo con ellos.

¿Por qué bucear con tiburones?

Cuando alguien ajeno al buceo nos hace esta pregunta, cada uno de los buceadores que practica esta modalidad tiene una respuesta diferente. Unos dicen que las inmersiones son más interesantes, que es todo un aliciente ver “bichos” cuanto más grandes mejor. Otros hablan de la componente de “riesgo” que tiene bucear con los “depredadores del mar”. Otros pensamos que los tiburones son fascinantes, y que son un grupo de animales que han demostrado tener una serie de habilidades llamativas, y que queremos conocerlos en su medio. También algunos pretendemos con esta actividad demostrar que el “riesgo” es controlado y desmitificar su imagen de depredadores despiadados que nos ha sido, y sigue siendo, transmitida por el cine y los medios de comunicación. Otros tratamos de vencer ese miedo que hemos sentido desde niños ante las fauces de un “animal comehombres”. Y finalmente, y para mí una de las más importantes desde el punto de vista práctico: con nuestra participación fomentamos el negocio del buceo con tiburones, dando valor al tiburón vivo frente a su pesca. Quizá entre vosotros hay alguno que incluso tiene otra razón diferente.



El tiburón de arrecife del Caribe Carcharhinus perezi

Esta especie de tiburón está presente solo en los arrecifes del Caribe y en las costas de Brasil. Tiene la forma característica de un tiburón típico de arrecife (o de tiburón gris, como a mí me gusta llamarles, aunque los tiburones grises sean otros en realidad). Quizá por ello el nombre de tiburón de arrecife del Caribe nos quiera mostrar simplemente lo que son, los más frecuentes en esa zona.

Tienen un cuerpo esbelto pero potente, con una aleta dorsal grande, color gris que pasa a blanco en su parte ventral, y con un morro redondeado y plano. Miden hasta 2.5 ó 3 m, tienen una segunda aleta dorsal pequeña, y una incisión en la base de la primera dorsal. Con estas características es difícil distinguirlo de las otras especies de arrecife del mundo.

En realidad todos los tiburones de arrecife son muy parecidos, y ante la dificultad de encontrase ejemplares de distintas especies en la misma localización, dado que el ámbito geográfico de cada uno es diferente, lo habitual es que los guías de buceo se sepan el nombre de la especie que uno se puede encontrar en cada caso. En el Caribe, esta es la especie de tiburón de arrecife más frecuente, y con la que más se bucea y con la que se realizan estas actividades de buceo programado.

Según Sarah Fowler, miembro de Shark Trust, y una autoridad en el mundo de la conservación de los tiburones, en Bahamas el negocio de buceo con esta especia produce al año unos 6 millones dólares. Y considerando esta cifra, se estima que cada animal está valorado entre 13 y 40 mil dólares, mucho más que los 50 o 60 dólares que se pagan por uno muerto.

Esta especie está considerada como “Casi Amenazada” según la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y está incluida dentro del grupo de los Carcarínidos, donde también podemos encontrar tiburones muy diferentes, como el tiburón tigre (Galeocerdo cuvier), la tintorera (Prionace glauca), el jaquetón oceánico (Carcharhinus longimanus) y otros tiburones del género Carcharhinus (que son todos los que yo llamo “tiburones grises”, tan parecidos entre sí): C. amblyrhinchus, C. albimarginatus, C. altimus, C. falciformis, C. galapagensis. C. obscurus, C. plumbeus….


El lugar

Mi primera experiencia de buceo con tiburones tuvo lugar en la Isla de Roatán (Honduras), en el Mar Caribe, en un lugar llamado “Cara a cara”, situado en un arrecife sumergido de la zona sur de la isla, a una media milla de la costa. Partiendo del resort donde estábamos pasando nuestras vacaciones de buceo, situado en la zona norte de la isla, realizamos una navegación de una media hora, en condiciones de mar movida y cielo encapotado. Llevábamos una semana de buceo con un tiempo de tormenta continua y oscuridad de las aguas y en absoluto habíamos podido disfrutar de las aguas turquesas del Caribe. La navegación se hizo en un barco del resort, en realidad una excelente embarcación muy preparada para el buceo, pero la inmersión la realizábamos a través de un centro de la isla especializado en esta actividad de buceo con tiburones.

El responsable de este centro, Sergio, un italiano afincado en Honduras desde hace 18 años, cuando comenzó a realizarse la actividad de buceo con tiburones, es un enamorado de ellos, y cuando se enteró de mi interés por los escualos, enseguida entabló conversación con nosotros ya que éramos los únicos españoles y yo la única chica entre un grupo de toscos “americanotes”. Tuvimos una agradable charla sobre buceo con tiburones durante la travesía.



El “briefing”

Siguiendo las consignas de seguridad en el buceo, siempre se deben comenzar todas las inmersiones con una pequeña explicación por parte del guía. Y en el caso de una inmersión programada con tiburones podríamos decir que es lo más importante, dado que en esta charla se nos deben dar todo tipo de explicaciones y precauciones sobre una actividad novedosa en la inmersión.

En nuestro caso el “briefing” nos lo dio Sergio, como responsable de la inmersión, y se realizó en el propio barco, antes de comenzar la navegación, para asegurarse de que todo el mundo estaba en buenas condiciones para escuchar. Sergio nos explicó que la inmersión en sí no era complicada, se trataba de bajar por un cabo hasta unos 20 m de profundidad, para permanecer estacionarios a esa profundidad unos 25 minutos.

Nos indicó primeramente cual era el tipo de tiburón que íbamos a ver, y nos explicó que son animales fascinantes, que en particular el “perezi” come peces y no humanos y que es cierto que puede oler la sangre, la de los peces y no la de los humanos,  a mucha distancia; que por ello se les atrae con cebo sin sangre, muy poco cebo en realidad y que cuando nos tiráramos al mar no íbamos a encontrarnos a los tiburones “esperándonos con las fauces abiertas” como algunos pudieran pensar.

Como veis lo primero que hizo fue desmitificar la mala imagen del tiburón y explicarnos sencillamente lo que nos íbamos a encontrar. El grupo de buceadores que participábamos en esa ocasión era muy variopinto y por lo poco que conocía a algunos de ellos podía pensar que muchos estaban esperando un espectáculo sangriento con tiburones atacando a los buzos.


Foto: Anthony’s Key Resort

Explicó que se trataba de un grupo de unos 15 ejemplares de hembras, muy conocidas por el propio Sergio y sus colaboradores, que iban a aparecer abajo (nunca en superficie), una vez que él se sumergiera con el cubo agujereado de cebo que llevaría y que bajaría en primer lugar a la zona donde íbamos a estar, en un arenal delante de una pared de coral. La idea era que los buceadores (15 clientes en total, más los asistentes del centro y de nuestro resort) se situaran apoyados en la arena delante de la pared y que permaneciéramos apoyados en el fondo. De esta manera los tiburones iban a pasar por delante de nosotros en contra de la corriente, teniendo nuestra espalda cubierta. Nos explicó que la verdadera dificultad de la experiencia radicaba en la presencia de olas en superficie y corriente fuerte y por ello teníamos que bajar agarrados por el cabo, y que no presentaba ninguna dificultad ni peligro la presencia de los tiburones, los cuales nunca se acercarían a nosotros si no fuera por el cebo.

Foto: Antonio Busiello

Las condiciones para el buceo

Una vez preparados, y cuando Sergio se sumergió por el cabo, con el cubo de cebo cerrado en su mano, empezamos a bajar. El mar estaba movido y gris, y yo en particular, tras días bajo la lluvia, presentaba un ligero bloqueo nasal, y las molestias que en mí son desgraciadamente “habituales” cuando llevo varios días buceando, como es la dificultad para compensar por el difícil drenaje de mis oídos. La visibilidad era mala y la corriente menor de la que me esperaba, pero suficiente para tener que bajar con una mano en el cabo, ciertamente inclinado especialmente en superficie.

Tardé casi 10 minutos en poder llegar al fondo, bajando muy despacio y compensando mis oídos cada medio metro, mientras me decía que era posible que no pudiera conseguir llegar abajo. No estaba dispuesta a hacerme daño en los oídos, y ello implicaba que posiblemente tuviera que abortar mi descenso, como me ocurre a veces en otras inmersiones. Los tiburones no me preocupaban, mis oídos sí. Mi marido, Luis, mi compañero de buceo, estaba junto a mí, bien para ayudarme a subir en caso de no poder finalmente compensar, o para estar a mi lado en todo momento.

Cara a cara con los tiburones de arrecife

Estaba tan absorta en compensar mis oídos que casi no me di ni cuenta que se vislumbraban unas sombras alargadas e hidrodinámicas que pasaban por debajo de mí. Llegué al fondo y allí estábamos todos. El espectáculo y la acción habían comenzado sin mí. El grupo compacto de clientes se situaba en línea al abrigo de un mogote de coral que nos protegía las espaldas. Me dejaron un hueco en el fondo junto al cabo y nos situamos sin saberlo junto al cubo de cebo.

Es impresionante estar frente a estos animales, que pasaban nadando majestuosamente por delante de nosotros ¡¡tan cerca!! sin inmutarse por nuestra presencia, pero sin duda activados por el olor del cebo.


Foto: Anthony’s Key Resort

Enseguida me di cuenta de que el cubo con el cebo estaba a mi izquierda, escoltado por Sergio….y por una masa de unos 80 cm, que se movía delante de mí….al fin pude ver que era un enorme mero tropical que estaba acechando el cubo, tan cerca que tuve que apartarlo para que me dejara sitio para estar cómoda. El simpático mero era un habitante de la pared de coral de nuestra espalda y sin duda espectador habitual de esta experiencia.


Foto: Anthony’s Key Resort

Tras unos minutos de relativa acción, con los tiburones pasando, el mero observando, y los buceadores haciendo fotos sin parar, me di cuenta de que no nos daban la señal para poder nadar entre los tiburones antes de abrir el cubo de cebo. Nos habían dicho en el “briefing” que si no había corriente podríamos hacerlo, pero con la corriente que había, y creo yo que con la poca experiencia de alguno de los buceadores, por no hablar de la obesidad y falta de forma física de algunos de ellos, pues decidieron no permitirnos nadar con ellos, no fuera que tuvieran que ir a buscar a alguno que se dejara arrastrar por la corriente.


Foto: Anthony’s Key Resort

Sergio se puso en el arenal delante de nosotros, con el cubo en sus manos. Llevaba guantes de cota de malla, precaución necesaria cuando se maneja cebo entre tiburones. Con un golpe de aleta se elevó levantando la tapa del cubo, y se alzó por encima de la cota de los tiburones, que se lanzaron en forma de masa descontrolada a por el pescado del cubo. En realizad no hubo el “frenesí alimentario” que yo había visto en vídeos de otras actividades parecidas a esta, más bien una maraña de animales buscando algo. Estaba claro que la comida era tan poca que yo no vi trozos de pescado por ningún lado.

Foto: Antonio Busiello


Foto: Antonio Busiello


Foto: Antonio Busiello


Tras acabar aparentemente con el cebo que había en el cubo, algunos ejemplares se fueron pero otros siguieron rondando la zona unos minutos más. Al fin supe por qué no se iban: en ese momento Sergio levantó una piedra que ocultaba un resto de cebo, que sin duda había escondido él mismo cuando bajó el primero, y que tenía la finalidad de “prolongar” un poco más la experiencia de los tiburones nadando en torno a nosotros.

Acabado todo el cebo, los tiburones desaparecieron y los buceadores se lanzaron al arenal a buscar los dientes que se les caen a los escualos cuando comen: ese era el premio por habernos estado quietos observando. Tras ello ya no había nada que hacer allí y comenzamos el ascenso.

Finalizada la actividad, tras la pertinente parada de seguridad, yo estaba feliz en el barco. Había conseguido bajar (no sin esfuerzo) y disfrutado mucho de la inmersión. Lo de que la experiencia es un “subidón de adrenalina” en este caso y para mí no es cierto, pues me sentí cómoda y fascinada. Estaba claro que de forma definitiva había expulsado “mi miedo” de mi cabeza, y había quedado tan solo una pequeña prevención por estar delante de un animal salvaje en su medio. Ahora este miedo había sido desplazado por una especie de fascinación que ya no me iba a abandonar nunca.

Conclusiones e interrogantes 

En el trayecto de vuelta, y ya en casa, me surgieron algunos interrogantes, relacionados con las razones por las que se bucea con tiburones.

Con estas prácticas, ¿se modifica la conducta del tiburón frente a los humanos? Indudablemente algo sí, aunque no se les “alimente”. 

¿Se contribuye a “salvar” a los tiburones? ¿Se da valor al tiburón vivo frente al tiburón muerto? Pues está claro que estas actividades en muchos países han contribuido a que ciertos pescadores de tiburones abandonen su actividad por una más lucrativa como es el buceo con ellos.

¿O quizá solo se ve cumplido el deseo del buceador “friki”? Muy posiblemente muchos, tras esta experiencia, ya tienen batallas que contar a buceadores y no buceadores, con independencia de lo que hayan sentido.

¿Realmente se consiguen defensores de los tiburones? Personalmente creo que sí, porque por muy insensible que seas a la conservación de estos animales, una vez que te sumerges con ellos siempre tratas de que no desaparezcan de nuestros mares: creo firmemente que conocer es el primer paso para protegerlos.

¿Y qué fue del miedo? En mi caso desapareció, y me quedaron unas ganas enormes de poder encontrarme más veces con tiburones bajo el agua, ya sea de manera espontánea o a través de este tipo de actividades.

Ahí os quedan estas reflexiones, para que todos las pensemos y adoptemos nuestra posición al respecto.


domingo, 16 de diciembre de 2018

Bioluminiscencia y biofluorescencia: luces en el abismo


Este artículo se publicó en la Revista Escápate num 25
http://www.cluboceanides.org/escapate.html
Texto: Mónica Alonso Ruiz

Los buceadores que utilizamos una cámara fotográfica sabemos lo complicado que es el manejo de la luz bajo el agua. Queremos ver los colores de los peces, de los corales, y de toda la vida marina como si los viéramos en la superficie. En realidad nos estamos engañando queriendo poner luz bajo el agua para verlos, dado que los seres marinos tienen una percepción del color muy diferente que la que tenemos los seres terrestres.

Biofluorescencia animal

Los mamíferos terrestres tenemos unos sistemas oculares que funcionan en contacto con el aire y vemos una combinación de tres colores: rojo, verde y azul. Podría decirse que somos adictos al color, puesto que la falta de luz o de color nos hace sentirnos incómodos. Cuando nos sumergimos la primera inconveniencia que tenemos que corregir es la del enfoque de la vista en el agua. Nuestros ojos terrestres simplemente no pueden enfocar los objetos en el agua y por ello usamos nuestra máscara de buceo, que permite poner aire entre nuestros ojos y el agua. La segunda “inconveniencia” es que el color desaparece. Y aquí ya la cosa es más complicada, y pido perdón por el uso de los “palabros” ya olvidados de nuestras clases de física del colegio, tan difíciles de entender para algunas personas.

Sabemos que el color es una percepción visual que se genera en nuestro cerebro a partir de los fotorreceptores de nuestra retina. La distribución de los colores en la luz es función de la longitud de onda luminosa reflejada: así el color blanco es la superposición de todos los colores y el negro la ausencia de luz. Todo objeto absorbe una parte del espectro de la luz (las longitudes de onda asociadas a los colores) y refleja otra parte: nuestro cerebro interpreta los colores en función de las longitudes de onda de los colores reflejados. Volviendo al color en el agua, sabemos que según aumentamos nuestra profundidad los colores van desapareciendo, primero dejamos de ver el rojo, luego el naranja, el amarillo y el verde, y finalmente el violeta y el azul. Y aquí es donde los fotógrafos submarinos nos engañan: nos hacen ver las criaturas marinas con colores de la superficie, utilizando la luz artificial, compensando el efecto de la pérdida de los colores de la luz natural.

Parece pues interesante pensar que si los humanos necesitamos poner luz al fondo del océano, no solo para ver en la oscuridad, sino para ver los colores, los animales marinos quizá interpreten la luz y los colores de otra forma muy diferente a la nuestra. La luz solar penetra en el océano unos 200 m y se llama zona fótica a esa parte superior iluminada. Una buena parte de ella, quitando los primeros 40 metros donde podemos ver varios colores, es de color azul. Los científicos, estudiando cómo ven los animales marinos, idearon poner un filtro azul a los focos de sus cámaras. Y se llevaron una sorpresa. Numerosos seres marinos al contacto con esta luz azul brillaban con colores verdes, rojos o naranjas en zonas donde esos colores no existen: es lo que se denominó como biofluorescencia. Estos animales, entre los que se encuentran muchos corales, tienen unas proteínas que absorben la luz azul y ultravioleta y la remiten de otro color. En un principio eran solo corales, anémonas y medusas, pero luego han ido descubriendo más, como rayas, tiburones y peces óseos, habiéndose documentado ya unas 200 especies biofluorescentes.  


Foto: Sparks J. S.; Schelly R. C.; Smith W.L.; Davis M.P. 


Quizá hayáis podido ver cómo algunos videógrafos en los últimos años han usado este efecto para enseñarnos curiosos vídeos de corales de colores extraños rodados con luz azul. Se está poniendo tan de moda este tipo de vídeos que ya venden flashes preparados con filtro azul para obtener estas nuevas imágenes. Es con este artilugio cuando los fotógrafos han dejado de engañarnos con las imágenes submarinas tradicionales de brillante colorido y nos están empezando a mostrar la vida marina vista con los ojos de los seres que viven en ella.

Este vídeo nos muestra un ejemplo de filmación con filtro azul




En realidad no es del todo cierto que con la luz aul nosotros consigamos ver "exactamente igual" que como ven los animales en el agua azul. Muchos de ellos son capaces de ver en el rango ultravioleta, en el cual los humanos no podemos. Para poder hacerlo necesitaríamos una cámara capaz de ver en esas longitudes de onda. Con la luz muy azul (NUV Near Ultra Violet) se está muy cerca de la luz ultravioleta, y el resultado es muy parecido, aunque no exacto.

Es muy curiosa la conducta de los animales biofluorescentes. David Gruber es el responsable del descubrimiento de gran parte de muchas de estas especies. Este joven científico estudió la vista de un pequeño tiburón gato (Cephaloscyllium ventriosum) que cuando se siente amenazado absorbe agua (de forma parecida a como lo hacen los peces globo) para hincharse y simular un tamaño mayor y así evitar a los depredadores. Además de esta conducta tan curiosa, este tiburoncito es biofluorescente y cada individuo muestra un patrón de partes verdes y manchas negras diferentes, y con desigual brillo cada una. Los expertos en vista animal indicaron a Gruber que esta especie tiene una visión muy precisa en el rango azul-verde, unas 100 veces mejor que nuestra visión en la oscuridad, pero en azul y verde. Tomando la luz azul la convierten en muchos tonos de verde que les permite ¿distinguirse? ¿comunicarse?...aún no lo saben.


Cephaloscyllium ventriosum
Foto: Clark Anderson
Bioluminiscencia abisal

Hablando de los “inconvenientes” que tenemos los buzos con la luz y los colores nos hemos olvidado de cómo resolver el “otro inconveniente”: la falta de luz. Y es que como es tan fácil de resolver simplemente utilizando una linterna, no apreciamos debidamente su importancia.

Claro que cuando descendemos con ayuda de submarinos y sumergibles en el abismo profundo la cosa cambia. Tenemos que hacernos a la idea de los animales que viven permanentemente en ese abismo, por debajo de los 200 m de profundidad, en la denominada zona afótica. Los animales que viven allí están adaptados a la falta de luz y lo primero que llama la atención a los científicos es que muchos de estos animales tienen grandes ojos. Pero, ¿para qué si no hay luz? Pues resulta que en esta zona de ausencia de luz los animales se fabrican su propia luz y por ello requieren de grandes ojos para detectar su más mínima presencia. Es poco conocido que la mayoría de los animales marinos producen luz en lo que se denomina bioluminiscencia.


Foto: Jordi Corbera

Muchos lo hemos experimentado en las inmersiones nocturnas, cuando removemos el plancton y éste se ilumina. ¿Y para qué quiere el plancton producir luz? Pues para defenderse, dicen los científicos. Hay muchos animales en el océano y la mayoría produce luz. Las razones para hacerlo son, además de cómo defensa de depredadores, para atraer a una pareja o para atraer a una presa.

Fuente: Semarnat

Hay camarones que liberan sus químicos bioluminscentes al agua tal y como lo hace un calamar con su tinta: ciega al depredador y le confunde. Hay calamares llamados “disparadores de fuego” que cuando son atacados interponen una barrera de luz.

Pero hay múltiples formas de emitir luz, no solo como expulsión de químicos al medio. Lo “habitual” es que los animales biofluorescentes tengan unos órganos denominados fotóforos que producen luz. Pueden ser simplemente puntos luminosos presentes en peces y cefalópodos. En ciertos lugares del cuerpo los animales tienen vejigas (los fotóforos) donde guardan bacterias luminiscentes. Es curioso como algunas especies pueden producir luz continua que puede ser neutralizada o modulada por el animal mediante la conexión del fotóforo con el sistema nervioso.


Las medusas son animales típicamente biolumniscentes que utilizan fotoproteinas, especialmente la verde fluorescente que no necesita aditivos químicos para activarse y brillar, puesto que se activa con la luz ultravioleta o azul.

Los cefalópodos son sin duda las estrellas de la luz del abismo. Muchos cefalópodos de aguas profundas carecen de depósitos de tinta, y en caso de amenaza desde la punta de sus brazos expulsan una pegajosa nube de moco bioluminiscente: son los que ya hemos citado como “disparadores de fuego”. Hay que indicar que recurren a ello cuando el animal se ve acorralado, ya que regenerar el moco bioluminiscente es algo muy costoso desde el punto de vista metabólico. Pero además estos animales están cubiertos enteramente de fotóforos sobre los que tienen un gran control, siendo capaces de producir flashes de luz que desorientan a los predadores y cuya duración puede ser desde fracciones de segundo a varios minutos.

Los tiburones, especialmente los que viven en las aguas profundas, tienen también fotóforos y utilizan la bioluminiscencia. El sistema de control del funcionamiento de los fotóforos es complejo, lo controlan mediante hormonas y neurotransmisores y es aún muy desconocido por los científicos. Los tiburones luminosos de género Epmopterus o Squaliolus también son conocidos como tiburones linterna y además también se les llama tiburones pigmeos, pues son los tiburones más pequeños del mundo, algunos de ellos con tamaños inferiores a 25 cm.

Tiburón linterna
Foto: Javontaevious

Los fotóforos en los tiburones se concentran en la parte ventral y brillan más cuando se les ve desde abajo. Esto es importante en las zonas poco iluminadas del océano, en las que aún llega algo de luz y con su brillo consiguen camuflar su silueta en el tenue contraluz: es lo que se denomina contrailuminación. Se cree que el brillo de su zona ventral lo pueden modular para adaptarlo a las condiciones de luz del entorno en el que se encuentren.
Epmopterus spinax
Foto: Rudolph Svensen

Hay otro género de tiburones, los Isistius, que según parece utilizan su luz para atraer a las presas. Son animales que se abalanzan sobre animales de mayor tamaño y les arrancan un trozo de carne, dejándoles una herida circular muy característica y por eso se les llama tiburones cigarro o cookie cutters. Tienen una franja oscura sin fotóforos en forma de collar junto a su cabeza, que les permite romper su silueta y hacerlos atractivos a sus presas, aunque esta teoría no parece muy popular entre los científicos, los cuales creen que el collar les sirve para identificar a los individuos.
Se cree también que la iluminación en los tiburones abisales les sirve para su apareamiento, dado que los fotóforos de las zonas genitales de la zona pélvica permiten identificar el sexo del individuo. Y en el caso de las hembras, se cree que la franja más luminosa de sus aletas pectorales les sirve para indicar a los machos dónde tienen que agarrarlas durante la cópula.

A pesar de tantas luces observadas en al abismo, las investigaciones sobre la bioluminiscencia aún están llenas de sombras y cada día se establecen nuevas teorías sobre su funcionamiento. 
Pues ya lo podéis ver: el uso de la luz y las formas de visión en el agua nos parecen extrañas a los todopoderosos humanos acostumbrados a vivir en un mundo lleno de luz. El mundo abisal y de la profundidad es hostil y difícil y la naturaleza aviva su ingenio para que las criaturas que allí viven puedan tener mejores expectativas de vida. Luz en el abismo: un tema apasionante y aún por descubrir.

Agradecimientos: Carlos Villoch y GLOW DIVE

jueves, 13 de diciembre de 2018

Coral rojo: el oro del Mediterráneo

La palabra coral se utiliza como nombre de mujer, como expresión máxima de la belleza de la persona que lleva el nombre. Etimológicamente, el término proviene del griego korallion, que significa guijarro o pequeña piedra, o del árabe garal, que tiene el mismo significado . En la antigüedad, se utilizaba para denominar a los corales del Mediterráneo, que son rojizos, y por ello también se aplica a un determinado tono de rojo. Se asocia a algo muy valioso, tanto como las piedras y metales preciosos. Es quizá tanta la belleza asociada al coral, que como suele ocurrir en estos casos, lo hemos convertido en algo vulnerable y escaso y acabaremos por destruirlo.
Coral rojo Corallum rubrum.
Podemos observar sus pólipos blancos.
Foto: Rafael Fernandez Jr 

El brillo y color del coral rojo han fascinado desde antiguo. Se ha utilizado como amuleto, como ornamento, y como supuesta medicina. En la antigüedad este “oro rojo” no se sabía bien qué era, pues en principio se encontraban fragmentos en las playas y se pensaba que era un tipo de piedra o mineral. Posteriormente descubrieron que se trataba de un organismo en forma de árbol e incluso se pensó que era un tipo de planta. Hasta bien entrado el siglo XVIII no se llegó a la conclusión de que era el esqueleto de una colonia de organismos animales.


Vaso decorado s XVIII
Fuente: wikipedia

En realidad el término "coral" no tiene ningún significado técnico o taxonómico y es poco preciso. Se suele usar para designar a un subgrupo indeterminado dentro de los cnidarios, que está constituido por los pólipos y las medusas. En el coral se incluyen los denominados antozoos, los cuales generan un esqueleto calcáreo duro, y particularmente se refiere a los que construyen colonias de forma ramificada, como las acróporas, es decir, los famosos “cuerno de ciervo” y las “mesas de coral” que podemos ver cuando visitamos un arrecife de coral.

También es habitual hablar de coral cuando nos referimos a especies con forma compacta como el "coral cerebro" e incluso los que tienen esqueletos córneos y flexibles, como las gorgonias. En el mundo del buceo y en la acuariofilia los corales se dividen en blandos y duros, según tengan esqueleto o no. Y ello es porque también existen “corales blandos” o alcionáceos, que no generan esqueleto y tienen unas espículas de calcio repartidas por su tejido carnoso, que les proporcionan rigidez y consistencia.

El coral rojo en el Mediterráneo.
Fuente: La Vanguardia

Leptosamia pruvoti
Foto: Pilar Muñiz

Cerianthus membranaceus
Foto: José Calderón

Muchas personas piensan que los corales son plantas, porque en la mayoría de los casos se trata de especies que viven fijas en el sustrato y porque muchos son ramificados y sus pólipos parecen verdaderas “florecillas” de colores llamativos. En realidad un coral es un pólipo, que puede vivir solo o en colonia y recubrirse de un exoesqueleto duro o blando.

Existen más de 200 especies de corales en el Mediterráneo, a pesar de que en realidad un buceador profano jamás diría que ha buceado con corales cuando se ha sumergido en nuestro Mare Nostrum. Sorprende pues en realidad conocer esta cifra tan alta, incluso para los que ya conocemos más el ecosistema de nuestro mar, dado que tan solo somos capaces de nombrar unas pocas especies: gorgonias rojas y amarillas, la anémona incrustante o Parazoanthus axinellae, pólipos aislados, como los ceriantos, otras anémonas y para de contar. Casi nadie ha visto jamás coral rojo, especialmente si no se ha buceado en la costa catalana o en el Estrecho. Nadie diría que hay tantas especies y resulta que algunas son endémicas de este mar, mientras que otras pueden tener una distribución más amplia.

La madrépora mediterránea, Cladocora caespitosa, endémica del Mediterráneo, es uno de los pocos corales masivos que tenemos, y es tan poco llamativo que los buceadores no suelen identificarlo. La gorgonia roja, Paramuricea clavata, mucho más conocida, tiene un rango de distribución muy amplio y se extiende hasta el Atlántico, así como la anémona incrustante. Otras especies endémicas del Mediterráneo pero que pueden encontrarse también en aguas circundantes son Leptogorgia sarmentosa, Maasella edwardsi, Actinia striata, Astroydes calycularis, Balanophylla europaea, Cribrinopsis crassa, Phymanthus pulcher y Corallium rubrum.

Gorgonia roja Paramuriacea clavata y blanca Eucinella singularis
La gorgonia que tiene tonalidad amarilla es una variante de la gorgonia roja
Foto: Pilar Muñiz

Parazoanthus axinellae
Foto: Pilar Muñiz

Corallum rubrum es nombre científico del coral rojo. Tiene forma ramificada y tamaños de hasta 25 o 30 cm, con color rojo uniforme, aunque se pueden encontrar distintas tonalidades de rojo. El color de los pólipos es blanco y por esta característica se diferencia de otros corales como la “mano de muerto” o Alcyonum palmatum, que tiene los pólipos de color rojo. Crece en cualquier sustrato firme en profundidades de hasta 250 m, en aguas tranquilas y limpias, al contrario que las gorgonias, que viven siempre en zonas de corriente. Se puede encontrar en las costas mediterráneas occidentales, y requiere de temperaturas entre 10 y 29 grados. Su crecimiento es lento, y se estima que las colonias jóvenes crecen entre 4 y 8 mm por año. Dado el nivel de presión extractiva al que se ha sometido a esta especie es posible que en la antigüedad se pudieran encontrar colonias de tamaños mayores a los que hemos citado.
Coral rojo de tamaño grande extraído recientemente en las costas argelinas, en El Kala
Foto: Amine Ayadi

En el año 2010, un estudio del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) reveló que las poblaciones de coral rojo del Mediterráneo, antes de comenzar su explotación hace siglos eran mucho más densas, y con tamaños mucho mayores, especulándose incluso con que pudiera encontrarse coral rojo en profundidades mucho más someras de lo que se encuentra actualmente. Todo ello ha salido a la luz en base al descubrimiento de una colonia inexplotada de coral rojo en una cueva de Córcega.

La explotación insostenible de este preciado “oro rojo” comenzó hace muchos siglos. En la antigüedad se utilizaba como amuleto y los registros más antiguos de tumbas antiguas lo describen en joyas sumerias y egipcias. Los judíos antiguos le daban el mismo valor que la plata o el oro. En la cultura celta se decía que ninguna maldad, ningún maleficio o fuerza oscura podía atravesar la energía protectora del coral rojo y se le reconocía el valor de proteger a los guerreros en los campos de batalla, que solían llevar colgado de su cuello un coral enhebrado en la piel de una serpiente.


Amuleto de coral egipcio
Fuente: wikipedia


Amuleto de coral
Fuente: wikipedia

Plinio el Viejo reportaba que en el siglo I ya se extraía en el Golfo de León, y en las costas occidentales de Italia y Sicilia mediante el uso de redes y herramientas cortantes. Aparte del valor como “piedra preciosa” se le atribuían efectos medicinales como remedio para la fiebre, los cálculos renales, afecciones oculares y como amuleto protector contra rayos.

La industria joyera se ha centrado en la explotación de los llamados “corales preciosos”, aunque el más popular en nuestras costas ha sido el coral rojo. Entre estos corales preciosos se incluyen las diferentes especies del género Corallium. Las más codiciadas son las que se distribuyen por el Mediterráneo y aguas atlánticas adyacentes, como el coral rojo mediterráneo, Corallium rubrum, y las del Pacífico como el coral rojo del Pacífico, Corallium regale, los corales rosas, Corallium secundum y C. laauense, y otros, C. japonicum, C. nobile, C. elatius, etc. También son utilizados algunos corales negros y recientemente los corales bambú (géneros Keratosis, Isidella, Lepidis, etc.).


Pulsera de coral rojo en venta por internet

En el Mediterráneo, el coral rojo ha sido la especie más buscada y ha dado origen a una industria extractiva de gran impacto tanto para esta especie como para los fondos marinos. Los árabes inventaron un aparejo de recolección formado por dos travesaños de madera de cuatro o cinco metros de longitud en forma de cruz, con redes que colgaban de su centro y de los extremos con un lastre. Con esto se arrastraba desde una embarcación por los bancos de coral destruyendo todo lo que encontraba a su paso. Este sistema se ha venido usando desde entonces, y tradicionalmente se ha llamado Cruz de san Andrés.

Otro sistema es el de la Barra Italiana, que consiste en una gran barra de metal de más de una tonelada a la que se unían cadenas y penachos de redes y que se arrastraba por los fondos marinos rompiendo el coral.



Ilustraciones de la publicación “La barra italiana como arte de pesca del coral rojo en el mar de Alborán” de Agustín Ortiz, Carlos Massó, Oscar Soriano y Juan Limia

En ambos sistemas una pequeña parte del coral arrancado quedaba enredado en las redes y era recuperado, mientras que el resto quedaba perdido y muerto sobre el lecho marino. En algunos momentos ha llegado a haber cerca de 2.000 embarcaciones dedicadas a la captura de coral rojo en el Mediterráneo, particularmente controladas por mafias italianas. En 1994, la Unión Europea prohibió el uso de la cruz de San Andrés y los sistemas de arrastre para la captura de coral rojo.

La fuerte e intensiva explotación de este recurso ha hecho que su producción se viera reducida casi un 70% en las últimas décadas del siglo pasado. De las alrededor de 100 toneladas que se capturaban a finales de los años setenta, se pasó a apenas 30 toneladas en menos de 20 años. Hoy en día es una especie escasa en nuestro mar pese a que pudo llegar a tener una densidad de más de 1.000 colonias por metro cuadrado en las zonas donde se podía encontrar. Estas densidades ya sólo pueden encontrarse en áreas marinas protegidas o en lugares donde su explotación ha sido más difícil, especialmente en las Reservas marinas: Cabo de Palos e Islas Hormigas, Cabo de Creus, Islas Medas, Isla de Alborán, Levante de Mallorca-Cala Rajada, Norte de Menorca, Ses Negres y Reserva marina de las Islas Columbretes.

Es particularmente alarmante que muchas de las colonias que pueden encontrarse actualmente sean de pequeño tamaño, con alturas que no llegan a los 5 cm. Hoy en día la explotación de coral rojo se realiza principalmente por buceadores, que recolectan corales de forma manual, aunque en algunas zonas se han utilizando robots articulados para su extracción en zonas más profundas.

El precio del kilo de coral rojo oscilaba entre 300 y 1.000 euros, según su calidad, en 2010. En la actualidad es tan escaso que se pagan hasta 6.000 euros por kilo. Se pueden encontrar páginas de internet, donde se venden corales procedentes de la “pesca sostenible”.

Me maravillo y me sorprende de que se pueda calificar la extracción de este maravilloso coral como de sostenible.


El coral rojo ya muerto es mucho menos bello que en su medio natural

Considerando el pequeño tamaño de la mayoría de las colonias que hoy quedan, en los últimos años se ha puesto en funcionamiento un nuevo sistema para explotar y comercializar las más pequeñas. Consiste en fundir los ejemplares que no alcanzarían gran valor en el mercado por su escaso grosor y generar una pasta maleable con la que realizar diversos artículos de bisutería. Como vemos, hasta las migajas del “oro rojo” son valiosas.

La explotación de este recurso en España se ha venido haciendo bajo autorización administrativa, bien de la Comunidad Autónoma correspondiente, si se trata de aguas interiores, o bien de la Administración Central, si se trata de aguas exteriores. Y ha sido en la costa catalana donde tradicionalmente se ha extraído más coral rojo, aunque también en Baleares y en el Estrecho.

El coral rojo es una especie incluida en el Anexo V de la Directiva Hábitat, y también en el Anexo III del Protocolo sobre Zonas Especialmente Protegidas y la diversidad biológica en el Mediterráneo (ZEPIM) del Convenio de Barcelona, el cual regula la protección internacional de las especies del Mediterráneo. Y sin embargo no se ha incluido dentro del anexo de especies de protección total de este convenio, que incluye la prohibición de extracción. Sin duda los intereses comerciales y el enorme beneficio que supone, han seguido primando a la hora de evitar que en este convenio se prohíba su extracción. Sin prohibición de extracción en este convenio es difícil que los países apliquen medidas de protección.

Por otra parte, a pesar de que nos gustaría una prohibición total de captura, la extracción parece muy regulada. En 2011 un reglamento europeo, de obligado cumplimiento para los estados miembros, prohíbe la recolección a profundidades inferiores a 50 metros y la extracción de colonias con un diámetro en la base de menos de 7 mm, medido a 1 cm de la base. También prohíbe los vehículos teledirigidos (los robots submarinos) para la prospección de colonias y establece puertos designados para el desembarque, con la finalidad de controlar la extracción. La normativa estatal prohíbe los vehículos teledirigidos para la extracción del coral. Por lo que podemos apreciar, la extracción del coral rojo está pues muy restringida dado que si solo se puede extraer a más de 50 m de profundidad y no usar robots, los buzos que lo realizan deben ser ciertamente profesionales, quedando fuera de los límites del buceo recreativo. Además la legislación estatal establece un registro de capturas para controlar las cuotas de captura.

En este momento se está tramitando un reglamento de obligado cumplimiento para los estados miembros en el Parlamento Europeo, en el que se establece la obligatoriedad de que los estados prohíban la pesca de coral cuando se llegue al límite de las cuotas. Desconocemos aún quiénes serán los que establezcan las mismas, puesto que en la actualidad en las autorizaciones, tanto estatales como autonómicas, ya se indican unas cuotas permitidas, por encima de las cuales no se puede recolectar. Vemos pues que el “oro rojo” está sometido en la actualidad a cambios normativos, pero al parecer sin perspectivas de prohibición total de extracción.

Dado que la extracción del coral rojo requiere de permisos y cuotas, difíciles de obtener afortunadamente, uno de los graves problemas que tiene es la pesca furtiva. En el año 2015, en la frontera francesa de Cataluña se produjo el mayor decomiso de coral rojo extraído ilegalmente de la historia. Se incautaron nada menos que casi 100 kg provenientes de Marruecos, y su destino era Nápoles, lugar donde se encuentran los principales compradores de este producto. Estos 100 kg equivalían a unas 17.000 colonias de coral rojo. La policía sabe que desde 1998 los coraleros furtivos saquean las costas gerundenses, desde Begur a Francia, habiendo incautado más de 180 kg desde entonces.

Corales extraídos ilegalmente en Cataluña
Fuente: El Mundo

En 2017 el Gobierno Catalán estableció una moratoria de 10 años, con la prohibición de extracción total en las aguas interiores. Desafortunadamente ni la Administración Central, ni otras comunidades autónomas, siguiendo la tendencia internacional, no protegen el coral rojo, y tanto en las aguas interiores de estas comunidades, como en las exteriores, se puede extraer con permiso administrativo. Desde el punto de vista de la conservación de esta especie, parece más razonable establecer una protección total con prohibición de extracción, dado el declive de las poblaciones en las últimas décadas. Tampoco parece que una moratoria en su extracción sea la medida definitiva para acabar con los problemas de esta especie, aunque es un comienzo. Sin duda detrás de toda esta falta de iniciativa se esconde la mano de un negocio muy lucrativo.

Recientemente se ha sabido que el Ministerio de Medio Ambiente (el antiguo MAPAMA y actual Ministerio de Transición Ecológica), ha concedido 12 licencias más en el tramo entre Arenys de Mar y Begur, que pertenecen a aguas exteriores. Inmediatamente los grupos conservacionistas se han opuesto a esta medida, que demuestra una gran falta de sensibilidad por parte del Ministerio, el cual no parece considerar realizar un esfuerzo conjunto por conservar este precioso recurso natural.


Zona donde se han concedido licencias para la extracción del coral.
Fuente: La Vanguardia

En este enlace se puede acceder a la petición popular realizada. Se ha enviado una carta de protesta, encabezada por Ecologistas en Acción y firmada por más de 70 organizaciones, entre las que se encuentra Planeta Profundo. En este enlace se pueden encontrar todos los detalles.

Además la Fiscalía de Barcelona ha remitido una solicitud al Ministerio de Transición Ecológica para que se establezca una moratoria estatal de no extracción de 20 años renovable, en las costas catalanas, mayor a la actual de 10 años del Gobierno Catalán.

A diferencia de Cataluña, otras comunidades autónomas, siguen la línea estatal de no prohibir su extracción y recientemente, en julio de 2018, el Gobierno Balear, ha actualizado el decreto que regula la extracción del coral rojo, manteniendo su extracción mediante autorización administrativa.

En noviembre de 2018 el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación publicó una orden pro la que se regula la pesca del coral rojo. En ella la extracción del coral rojo se ha reducido considerablemente, pasando a un máximo de 25 kg por coralero y año en Cataluña  y a 125 kg en el resto del Estado. A pesar de esta regulación, el Ministerio continúa sin responder a las cartas y alegaciones enviadas. Como el objetivo de esta campaña conservacionista es proteger a esta especie en peligro y que se respete la moratoria de extraer coral rojo en Cataluña, e impulsar la extensión de la moratoria al resto del Estado, se ha vuelto a escribir otra carta a los Ministerios de Agricultura, Pesca y Alimentación y al de Transición Ecológica.

Como hemos podido observar tras este análisis, el problema del coral rojo, que ha salido recientemente a la luz en los medios, lleva siendo muy grave desde hace mucho tiempo, quizá siglos. Y las autoridades europeas, estatales y autonómicas no parecen ponerse de acuerdo para proteger esta especie.

¿Por qué será que todo lo “bello y escaso” acaba por ser finalmente destruido por la avaricia humana? 

Creo que aquellos que tengáis la oportunidad de ver coral rojo en la inmersión podréis consideraros afortunados, a la vez que conscientes de lo vulnerable que es este organismo.

ACTUALIZACIÓN MARZO 2020

Recientemente se ha publicado en prensa que el Ministerio de Agricultura prohibirá la extracción de coral rojo. La medida durará el menos dos años, mientras se efectúa una evaluación tras constatarse la grave degradación de este recurso.

El último año (2019) en que ­estuvo autorizada la pesca sólo aprovecharon su licencia nueve coraleros (cinco en el Mediterráneo y cuatro en la zona atlántica).

Ahora sí que podemos decir que hay esperanza para el coral rojo. 

REFERENCIAS:
https://www.lavanguardia.com/natural/20180429/443094773878/furtivismo-coral-rojo-begur.html
Orden APM/1101/2017, de 2 de noviembre, por la que se convoca el procedimiento de autorización para la extracción y venta de coral rojo [Disponible en el siguiente enlace].
Procedimiento de autorizaciones de pesca de coral rojo. [Disponible en el siguiente enlace].
Garrabou J., Linares C., Montero-Serra I., et al. 2017. Informe sobre el estado de las poblaciones de coral rojo (Corallium rubrum) en las aguas de Cataluña. Departament d’Agricultura, Ramaderia, Pesca i Alimentació, Generalitat de Catalunya. 39 pp. [Disponible en el siguiente enlace].
 THE IUCN RED LIST OF ANTHOZOANS IN THE MEDITERRANEAN. 2016. International Union for the Conservation of Nature and Natural Resources. [Disponible en el siguiente enlace].
Orden ARP/59/2017, de 7 de abril, por la que se reduce el número de licencias para la pesca de coral rojo (Corallium rubrum) durante la campaña 2017 y se establece la suspensión temporal de la pesquería a partir de la finalización de la campaña de este año. [Disponible en el siguiente enlace].
Recommendation GFCM/35/2011/2 on the exploitation of red coral in the GFCM Competence Area. [Disponible en el siguiente enlace].
Recommendation GFCM/41/2017/5 on the establishment of a regional adaptive management plan for the exploitation of red coral in the Mediterranean Sea. [Disponible en el siguiente enlace].
http://www.elmundo.es/cataluna/2018/07/16/5b4b985146163f051b8b45e9.html