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domingo, 21 de abril de 2019

La mente y el buceo: Bucear con ansiedad

Este artículo se publicó en la Revista Acusub número 191
Texto: Mónica Alonso Ruiz

Nuestro estilo de vida actual ajetreado, con más y más exigencias, tanto laborales como del día a día, conduce a que casi todas las personas estemos expuestas a sufrir estrés alguna vez durante períodos más o menos largos. Algunos de nosotros vivimos incluso en un estado de estrés permanente. Llevamos como podemos este tipo de vida, y nos damos cuenta de que la forma de sobrellevarlo es diferente en cada uno de nosotros: algunos solventan estas situaciones de manera sencilla, pero muchos de nosotros sufrimos de vez en cuando situaciones angustiosas.

El estrés se puede definir como el estado de cansancio mental provocado por la exigencia de un rendimiento muy superior al normal, que suele provocar trastornos físicos y mentales. En biología es el conjunto de alteraciones que se producen en el organismo como respuesta física ante determinados estímulos repetidos, como el frío, el miedo, la alegría, etc. La ansiedad, palabra que proviene del latín “anxietas”, y que expresa la emoción que sentimos de angustia o aflicción, representando la respuesta de anticipación involuntaria del organismo frente a estímulos percibidos por el individuo como amenazantes o peligrosos. En resumen, representa el estado de alerta que advierte de un peligro inminente.  Cuando el estímulo no es externo y son nuestros pensamientos los que anticipan nuestras reacciones, incluso sin producirse ningún estímulo exterior se produce un desajuste entre el estímulo que demanda una acción por nuestra parte y la percepción de la capacidad propia para hacer frente a esa situación. La angustia gobierna nuestros actos y anticipamos los problemas incluso cuando no los hay.

Sin duda la práctica de deporte es una forma de mejorar nuestra respuesta ante el estrés, y podemos pensar que la práctica del buceo, como actividad muy satisfactoria y placentera, pueda ayudarnos en este aspecto. Pero hay que tener cuidado, porque requiere de unas capacidades físicas y mentales que nos permitan resolver cualquier contingencia en un medio que no es el nuestro, y en algunos casos puede ser incluso fuente de ansiedad. Es verdad que irnos un fin de semana de buceo o a un viaje de buceo tras una temporada de agobiante trabajo, puede ayudarnos a desconectar y a afrontar mejor las semanas siguientes llenas de nuevos retos. Y sin embargo, si nuestro caso es el de ansiedad patológica, esté o no diagnosticada, podemos encontrarnos con que un placentero buceo se convierte en una pesadilla porque nuestro consumo es más elevado de lo normal, porque no nos encontramos cómodos, o mucho peor, porque reaccionamos de manera descontrolada a la menor eventualidad poniendo en peligro nuestra vida y la de los que nos acompañan.

Bucear puede ser una gran fuente de sosiego y de experiencias positivas
Foto: Luis Abad
  
En el caso del estrés cotidiano, tanto en nuestro trabajo como en nuestra vida, nuestra respuesta puede ser positiva, lo que puede traducirse en  una mayor intensidad en nuestras tareas, y en resolver los problemas con creatividad y con éxito. Esto significa que una pequeña tensión normalmente ayuda a realizar las tareas (y evita que nos aplatanemos, o seamos descuidados). Por otro lado, cuando el individuo reacciona incorrectamente o de manera desproporcionada ante los estímulos exteriores, o incluso a la ausencia de ellos, se desencadena un proceso de deterioro del funcionamiento psicosocial y fisiológico. Es cuando nos sentimos que estamos de los nervios y sobreactuamos o actuamos de manera brusca al menor estímulo o contratiempo.

La vida cotidiana está llena de problemas, a veces insoportables, que nos afectan en algunos casos de manera patológica.
Fuente: rawpixel.com

Si la situación de ansiedad, o mala respuesta por nuestra parte al estrés, es continua durante meses, los médicos hablan de más de seis, o cuando sus consecuencias son inhabilitantes para nuestra vida diaria, se habla ya de patología.

Los trastornos de ansiedad son mucho más frecuentes de lo que habitualmente creemos, puesto que en realidad nuestra sociedad está bastante enferma por causa de nuestro modo de vida. Se calcula que más de un 20 % de las personas sufrirá una crisis de ansiedad a lo largo de su vida, y en nuestro país los casos de ansiedad han aumentado en los últimos años paralelamente a los casos de depresión, con la que la ansiedad está muy relacionada. Es la enfermedad psiquiátrica más frecuente, alcanzándose porcentajes superiores al 5 % entre la población adulta, siendo las mujeres las más propensas a padecerla. El perfil de personalidad más sensible a esta enfermedad es el de una persona muy perfeccionista y muy responsable por lo que algunos de nosotros somos más propensos a sufrirla.

Entonces, ¿cómo saber si padecemos este mal? Lo primero es conocer sus síntomas, tanto mentales como físicos: la ansiedad duele. Si manifiestas varios de estos síntomas de forma habitual: palpitaciones, sensación de ahogo, respiración poco profunda y rápida, náuseas, tensión muscular, calambres, cansancio crónico, inquietud, hiperactividad, problemas de sueño, angustia, impaciencia, irritación, etc, debes preocuparte y acudir a un profesional. El problema muchas veces es que interiorizamos estos síntomas como algo habitual, no dándoles la debida importancia. Un profesional nos podrá decir si, efectivamente se deben a esta patología o a otros factores, o si están combinados con síntomas depresivos, lo cual es muy frecuente. Es habitual también que cuando comienzas a conocer la enfermedad empieces a darte cuenta de más síntomas de la misma y que no asociabas con ella antes de ser diagnosticada.

Desgraciadamente hay muchas personas que no son conscientes de lo que les ocurre y no consultan a un especialista, y por tanto no reciben tratamiento. El enfermo se convierte en una persona tan preocupada y angustiada por los problemas, reales o no, que no escucha en su interior, y no es capaz de darse cuenta del sufrimiento. Y es de destacar que el primer paso del tratamiento es aceptar que uno tiene esta enfermedad, seguido de una voluntad de liberarse de ella y por lo tanto empezar a mejorar.


Ser conscientes de que sufrimos ansiedad es el primer paso para superarla. Y tendremos una visión más clara de la vida, lo que nos permitirá disfrutar más de ella.
Foto: Luis Abad

Otro factor que no ayuda a que la población afectada sea consciente y decida tratarse es la percepción del paciente de que la ansiedad no está considerada socialmente como una enfermedad propiamente dicha. Esto es muy grave puesto que si esta dolencia no se trata,  puede desembocar, si la situación es muy prolongada, en patologías serias, causadas fundamentalmente por el incremento de generación de determinadas hormonas. Uno de los efectos más significativos es la debilitación del sistema inmunológico, lo que origina continuos resfriados, gripes, alergias, etc. Además, entre otras consecuencias, se pueden producir trastornos cardíacos y circulatorios, que pueden desembocar en anginas de pecho y ataques al corazón. Por lo tanto, es preciso destacar que puede llegar a ser grave, con consecuencias serias para la salud a largo plazo.

La buena noticia es que esta enfermedad tiene tratamiento y se pueden reducir los síntomas muchísimo, permitiéndonos volver a afrontar los problemas de la vida con otra perspectiva menos perjudicial. Requiere tratamiento psicológico y psiquiátrico durante un largo período de tiempo, combinando psicoterapia y medicación cuando es necesaria. Como medicamentos los psiquiatras utilizan  combinaciones de ansiolíticos y antidepresivos, que permiten, en primer lugar, controlar los niveles anormales de sustancias en el cuerpo, ayudándonos a mitigar los efectos negativos de la enfermedad, y en segundo lugar apoyar al necesario trabajo psicológico. La psicoterapia suele incluir procesos de autoanálisis, técnicas de relajación y control de la respiración, permitiéndonos modificar las capacidades de afrontamiento de la realidad. Otras técnicas, como el yoga, pueden contribuir a que nos sintamos más tranquilos y relajados, ayudando en gran medida a la recuperación. Por propia experiencia os puedo asegurar que funciona y permite afrontar la vida de una manera mentalmente más sana.

El tratamiento de la ansiedad conduce a tener un planteamiento vital más adecuado para resolver los problemas cotidianos.
Fuente: rawpixel.com

Una vez que ya tenemos controlada la enfermedad podemos volver a tener una vida normal. Es llamativo que cuando llevamos mucho tiempo sufriendo sus síntomas, “llevar una vida normal” a muchos de nosotros nos ha parecido algo maravilloso, y nos ha permitido disfrutar mucho más del día a día y de todo lo que hacemos, incluido el buceo.

El buceo es un deporte de alto contenido en emociones y disfrute, y vamos a ser más conscientes de ello si nuestro estado antes de practicarlo es bueno. Incluso puede parecer compatible y beneficioso para contribuir a nuestra mejoría, cuando estamos en proceso de recuperación, cuando se trata de un buceo tranquilo y sin dificultad. En cualquier caso, no debemos olvidar que para practicarlo con seguridad se necesita de una cierta pericia y autocontrol, que no tenemos si sufrimos altos niveles de ansiedad. Recordemos que incluso para una persona sana, bajo ciertas condiciones del mar o personales, el buceo puede ser fuente de estrés.
 

El buceo en algunas ocasiones se compone de situaciones más o menos difíciles para las que debemos estar en buenas condiciones físicas y mentales
Foto: Luis Abad

La pregunta es, ¿se puede o no se puede bucear con síntomas de ansiedad? La respuesta es muy diferente en cada caso y en muchos de ellos uno mismo no tiene la capacidad para juzgarlo. Lo sensato es no bucear cuando uno tiene síntomas, pero cuando éstos son leves y no requieren de ayuda médica es posible la práctica de este deporte siempre que se acompañe con ejercicios de relajación previos y que los síntomas no se presenten durante las horas anteriores a la inmersión, previa indicación de que podemos practicarlo por parte de nuestro psicólogo o psiquiatra.

Fuente: rawpixel.com

Incluso en el caso que comentábamos de unas vacaciones de buceo tras un período intenso de trabajo, debemos tratar de relajarnos al máximo antes de comenzar las inmersiones, bajar de revoluciones, meditar, practicar ejercicios de yoga, o lo que sepamos hacer para evitar así pasar un mal rato por una mala gestión de las emociones bajo el agua. Recordemos que tener una mala experiencia de buceo siempre es difícil de superar, y nos puede llevar a arruinar nuestras vacaciones de buceo al no poder disfrutarlas a tope.

En el caso de ansiedad grave y especialmente cuando el enfermo no es consciente de su enfermedad y no recibe tratamiento, se pueden ocasionar situaciones muy peligrosas debajo del agua por lo que se considera una contraindicación absoluta para la práctica del buceo. No debemos llegar nunca tan lejos. Por ello es tan importante cambiar la percepción que tiene la sociedad de esta dolencia, y reconocer que pedir ayuda cuando nos sentimos mal puede evitar situaciones de grave peligro. Los buceadores debemos ser conscientes de nuestro estado físico y mental y evitar bucear si no estamos en buenas condiciones.  



Tener la mente despejada cuando vamos a bucear es fundamental para no cometer errores.
Foto: Luis Abad

Tratar esta enfermedad es largo y nos puede ocurrir que queramos bucear durante el tratamiento. En ese caso tenemos que tener en cuenta que cualquier medicación que actúe sobre el sistema nervioso, como es el caso de antidepresivos o tranquilizantes, es capaz de interferir y alterar el metabolismo del organismo, así como posiblemente influir o potenciar negativamente los efectos del nitrógeno sobre el cuerpo. Y la decisión no la debemos tomar nosotros: debe ser el psiquiatra, valorando la medicación que recibe el enfermo en las fases finales del tratamiento, el que decide si permite la práctica de esta actividad.

Este artículo no pretende ser un manual médico ni psicológico sino una mera reflexión personal sobre el tema, teniendo en cuenta mi experiencia diaria en la lucha contra la ansiedad, y lo aprendido gracias al  apoyo de los profesionales que me han tratado esta dolencia tan frecuente.

Agradecimientos: Mercedes Rodriguez Herviás (Psicóloga) 

lunes, 21 de enero de 2019

SIN MIEDO A LOS TIBURONES: buceando con el tiburón de arrecife del Caribe (Carcharhinus perezi)

Este artículo se publicó en la Revista AcuSub en el número 185
www.acusub.net
Texto: Mónica Alonso Ruiz
Muchos buceadores sentimos fascinación por los tiburones, quizá por su potencia depredadora, o por el “miedo” que nos han hecho sentir con películas como “Tiburón”. Una vez superado este miedo inicial, los que tenemos la inmensa suerte de practicar el deporte del buceo, soñamos con poder sumergirnos con ellos. Desafortunadamente los mares no están “infestados de tiburones” como se dice alguna vez, y la probabilidad de encontrarte con uno en la inmersión en nuestras costas es bastante reducida. Por ello algunos afortunados viajamos a lugares remotos donde encontrarnos con un tiburón es más fácil.
Vencer el miedo a estos animales ha supuesto para algunos de nosotros un considerable esfuerzo. Y la mejor manera para conseguirlo en mi caso, ha sido mediante el estudio de los mismos, en el cual puedes apreciar lo maravilloso de todas las facetas de estos animales, su evolución, su comportamiento y biología y su majestuosa natación. Una vez que hemos obtenido un pequeño conocimiento de las especies y de su biología y comportamiento, ya somos capaces de liberarnos de los falsos mitos y podemos realizar alguna actividad con ellos.
Foto: WikiHow
No es habitual encontrarse con un tiburón en nuestras costas, y salvo si se tiene la inmensa suerte de poder ir a ciertos lugares del mundo en los cuales los tiburones son más o menos frecuentes, muchos buceadores no han visto un tiburón en su vida. Las inmersiones que tienen por objeto el buceo con tiburones, sin que sean meros encuentros casuales, son una forma de que los buceadores puedan acercarse a estos animales en unas condiciones más o menos controladas cuando se les atrae con cebo.  Es una forma de hacer valer aquello de que “vale más un tiburón vivo que uno muerto”. 
En este artículo quiero reflexionar un poco sobre estas actividades y contaros la primera vez que tuve la oportunidad de hacer este tipo de actividad. Ello ocurrió cuando durante un viaje a Roatán que realicé hace unos años nos propusieron hacer una inmersión de buceo programado con tiburones de arrecife del Caribe. No me lo pensé, y finalmente resultó ser una de las mejores experiencias de mi vida subacuática, de la que pude aprender para ocasiones posteriores.

El miedo a los tiburones

Es inevitable para muchos tener miedo a los tiburones. El miedo es algo irracional e indudablemente también tiene una componente aprendida. En nuestro caso han sido el cine y las películas de monstruos los que nos han inducido a ese miedo, que algunos ya teníamos dentro de lo más profundo de nuestra mente.

Para describir el miedo a los tiburones quiero recurrir a las sabias palabras del psicólogo Antonio Bermejo, buceador y divulgador subacuático, que nos da su opinión y experiencia profesional:

“A veces confundimos lo que nos da miedo con lo que es peligroso. Lo cierto es que el miedo es una emoción necesaria para protegernos de peligros externos. Pero muchas veces el miedo proviene de fantasías y peligros internos que cuando son intensos e inhabilitantes pueden establecerse como fobias, pero que no se ajustan a una realidad externa.

Hay muchas cosas que producen miedo a determinadas personas, algunas de carácter muy global, pero que no representan un peligro real (los aviones, las ratas, las alturas, los espacios cerrados, el buceo....etc). Los tiburones dentro del contexto del buceo forman parte de esta categoría.


Foto: WikiHow

En el temor a los tiburones a mi entender se conjugan condicionantes psicológicos, culturales y antropológicos. El miedo a ser devorado por un ser que surge de las profundidades, es común a muchas culturas aunque se exprese de diferentes formas.

Los tiburones por sus características; aspecto fiero, cierto halo de misterio, moverse en un el entorno acuático donde nos sentimos especialmente desprotegidos, sobre todo si estamos en superficie, y algún que otro hecho grave pero anecdótico, ocasiona que dichos animales encajen perfectamente en el imaginario colectivo, como seres potencialmente dañinos. A ello también ayuda el lenguaje social que se refiere a ellos como "devoradores de hombres", "asesinos" o "bestias".

Pero cuando se analiza la situación desde un punto de vista racional, o experiencial, los que hemos tenido la inmensa fortuna de bucear con diferentes especies de escualos, notamos claramente que no supone un peligro real, y que lo máximo que obtenemos de ellos es en general cierta curiosidad cuando no indiferencia.

Al margen de situaciones y especies muy concretas, en términos genéricos bucear con tiburones es una experiencia fascinante, y totalmente segura utilizando el sentido común,  como siempre debe hacerse en cualquier actividad relacionada con el buceo.”

Leer estas reconfortantes palabras ayuda en gran manera a entender y superar nuestra prevención e indudablemente nos incita a interesarnos por los tiburones y por las actividades de buceo con ellos.

¿Por qué bucear con tiburones?

Cuando alguien ajeno al buceo nos hace esta pregunta, cada uno de los buceadores que practica esta modalidad tiene una respuesta diferente. Unos dicen que las inmersiones son más interesantes, que es todo un aliciente ver “bichos” cuanto más grandes mejor. Otros hablan de la componente de “riesgo” que tiene bucear con los “depredadores del mar”. Otros pensamos que los tiburones son fascinantes, y que son un grupo de animales que han demostrado tener una serie de habilidades llamativas, y que queremos conocerlos en su medio. También algunos pretendemos con esta actividad demostrar que el “riesgo” es controlado y desmitificar su imagen de depredadores despiadados que nos ha sido, y sigue siendo, transmitida por el cine y los medios de comunicación. Otros tratamos de vencer ese miedo que hemos sentido desde niños ante las fauces de un “animal comehombres”. Y finalmente, y para mí una de las más importantes desde el punto de vista práctico: con nuestra participación fomentamos el negocio del buceo con tiburones, dando valor al tiburón vivo frente a su pesca. Quizá entre vosotros hay alguno que incluso tiene otra razón diferente.



El tiburón de arrecife del Caribe Carcharhinus perezi

Esta especie de tiburón está presente solo en los arrecifes del Caribe y en las costas de Brasil. Tiene la forma característica de un tiburón típico de arrecife (o de tiburón gris, como a mí me gusta llamarles, aunque los tiburones grises sean otros en realidad). Quizá por ello el nombre de tiburón de arrecife del Caribe nos quiera mostrar simplemente lo que son, los más frecuentes en esa zona.

Tienen un cuerpo esbelto pero potente, con una aleta dorsal grande, color gris que pasa a blanco en su parte ventral, y con un morro redondeado y plano. Miden hasta 2.5 ó 3 m, tienen una segunda aleta dorsal pequeña, y una incisión en la base de la primera dorsal. Con estas características es difícil distinguirlo de las otras especies de arrecife del mundo.

En realidad todos los tiburones de arrecife son muy parecidos, y ante la dificultad de encontrase ejemplares de distintas especies en la misma localización, dado que el ámbito geográfico de cada uno es diferente, lo habitual es que los guías de buceo se sepan el nombre de la especie que uno se puede encontrar en cada caso. En el Caribe, esta es la especie de tiburón de arrecife más frecuente, y con la que más se bucea y con la que se realizan estas actividades de buceo programado.

Según Sarah Fowler, miembro de Shark Trust, y una autoridad en el mundo de la conservación de los tiburones, en Bahamas el negocio de buceo con esta especia produce al año unos 6 millones dólares. Y considerando esta cifra, se estima que cada animal está valorado entre 13 y 40 mil dólares, mucho más que los 50 o 60 dólares que se pagan por uno muerto.

Esta especie está considerada como “Casi Amenazada” según la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y está incluida dentro del grupo de los Carcarínidos, donde también podemos encontrar tiburones muy diferentes, como el tiburón tigre (Galeocerdo cuvier), la tintorera (Prionace glauca), el jaquetón oceánico (Carcharhinus longimanus) y otros tiburones del género Carcharhinus (que son todos los que yo llamo “tiburones grises”, tan parecidos entre sí): C. amblyrhinchus, C. albimarginatus, C. altimus, C. falciformis, C. galapagensis. C. obscurus, C. plumbeus….


El lugar

Mi primera experiencia de buceo con tiburones tuvo lugar en la Isla de Roatán (Honduras), en el Mar Caribe, en un lugar llamado “Cara a cara”, situado en un arrecife sumergido de la zona sur de la isla, a una media milla de la costa. Partiendo del resort donde estábamos pasando nuestras vacaciones de buceo, situado en la zona norte de la isla, realizamos una navegación de una media hora, en condiciones de mar movida y cielo encapotado. Llevábamos una semana de buceo con un tiempo de tormenta continua y oscuridad de las aguas y en absoluto habíamos podido disfrutar de las aguas turquesas del Caribe. La navegación se hizo en un barco del resort, en realidad una excelente embarcación muy preparada para el buceo, pero la inmersión la realizábamos a través de un centro de la isla especializado en esta actividad de buceo con tiburones.

El responsable de este centro, Sergio, un italiano afincado en Honduras desde hace 18 años, cuando comenzó a realizarse la actividad de buceo con tiburones, es un enamorado de ellos, y cuando se enteró de mi interés por los escualos, enseguida entabló conversación con nosotros ya que éramos los únicos españoles y yo la única chica entre un grupo de toscos “americanotes”. Tuvimos una agradable charla sobre buceo con tiburones durante la travesía.



El “briefing”

Siguiendo las consignas de seguridad en el buceo, siempre se deben comenzar todas las inmersiones con una pequeña explicación por parte del guía. Y en el caso de una inmersión programada con tiburones podríamos decir que es lo más importante, dado que en esta charla se nos deben dar todo tipo de explicaciones y precauciones sobre una actividad novedosa en la inmersión.

En nuestro caso el “briefing” nos lo dio Sergio, como responsable de la inmersión, y se realizó en el propio barco, antes de comenzar la navegación, para asegurarse de que todo el mundo estaba en buenas condiciones para escuchar. Sergio nos explicó que la inmersión en sí no era complicada, se trataba de bajar por un cabo hasta unos 20 m de profundidad, para permanecer estacionarios a esa profundidad unos 25 minutos.

Nos indicó primeramente cual era el tipo de tiburón que íbamos a ver, y nos explicó que son animales fascinantes, que en particular el “perezi” come peces y no humanos y que es cierto que puede oler la sangre, la de los peces y no la de los humanos,  a mucha distancia; que por ello se les atrae con cebo sin sangre, muy poco cebo en realidad y que cuando nos tiráramos al mar no íbamos a encontrarnos a los tiburones “esperándonos con las fauces abiertas” como algunos pudieran pensar.

Como veis lo primero que hizo fue desmitificar la mala imagen del tiburón y explicarnos sencillamente lo que nos íbamos a encontrar. El grupo de buceadores que participábamos en esa ocasión era muy variopinto y por lo poco que conocía a algunos de ellos podía pensar que muchos estaban esperando un espectáculo sangriento con tiburones atacando a los buzos.


Foto: Anthony’s Key Resort

Explicó que se trataba de un grupo de unos 15 ejemplares de hembras, muy conocidas por el propio Sergio y sus colaboradores, que iban a aparecer abajo (nunca en superficie), una vez que él se sumergiera con el cubo agujereado de cebo que llevaría y que bajaría en primer lugar a la zona donde íbamos a estar, en un arenal delante de una pared de coral. La idea era que los buceadores (15 clientes en total, más los asistentes del centro y de nuestro resort) se situaran apoyados en la arena delante de la pared y que permaneciéramos apoyados en el fondo. De esta manera los tiburones iban a pasar por delante de nosotros en contra de la corriente, teniendo nuestra espalda cubierta. Nos explicó que la verdadera dificultad de la experiencia radicaba en la presencia de olas en superficie y corriente fuerte y por ello teníamos que bajar agarrados por el cabo, y que no presentaba ninguna dificultad ni peligro la presencia de los tiburones, los cuales nunca se acercarían a nosotros si no fuera por el cebo.

Foto: Antonio Busiello

Las condiciones para el buceo

Una vez preparados, y cuando Sergio se sumergió por el cabo, con el cubo de cebo cerrado en su mano, empezamos a bajar. El mar estaba movido y gris, y yo en particular, tras días bajo la lluvia, presentaba un ligero bloqueo nasal, y las molestias que en mí son desgraciadamente “habituales” cuando llevo varios días buceando, como es la dificultad para compensar por el difícil drenaje de mis oídos. La visibilidad era mala y la corriente menor de la que me esperaba, pero suficiente para tener que bajar con una mano en el cabo, ciertamente inclinado especialmente en superficie.

Tardé casi 10 minutos en poder llegar al fondo, bajando muy despacio y compensando mis oídos cada medio metro, mientras me decía que era posible que no pudiera conseguir llegar abajo. No estaba dispuesta a hacerme daño en los oídos, y ello implicaba que posiblemente tuviera que abortar mi descenso, como me ocurre a veces en otras inmersiones. Los tiburones no me preocupaban, mis oídos sí. Mi marido, Luis, mi compañero de buceo, estaba junto a mí, bien para ayudarme a subir en caso de no poder finalmente compensar, o para estar a mi lado en todo momento.

Cara a cara con los tiburones de arrecife

Estaba tan absorta en compensar mis oídos que casi no me di ni cuenta que se vislumbraban unas sombras alargadas e hidrodinámicas que pasaban por debajo de mí. Llegué al fondo y allí estábamos todos. El espectáculo y la acción habían comenzado sin mí. El grupo compacto de clientes se situaba en línea al abrigo de un mogote de coral que nos protegía las espaldas. Me dejaron un hueco en el fondo junto al cabo y nos situamos sin saberlo junto al cubo de cebo.

Es impresionante estar frente a estos animales, que pasaban nadando majestuosamente por delante de nosotros ¡¡tan cerca!! sin inmutarse por nuestra presencia, pero sin duda activados por el olor del cebo.


Foto: Anthony’s Key Resort

Enseguida me di cuenta de que el cubo con el cebo estaba a mi izquierda, escoltado por Sergio….y por una masa de unos 80 cm, que se movía delante de mí….al fin pude ver que era un enorme mero tropical que estaba acechando el cubo, tan cerca que tuve que apartarlo para que me dejara sitio para estar cómoda. El simpático mero era un habitante de la pared de coral de nuestra espalda y sin duda espectador habitual de esta experiencia.


Foto: Anthony’s Key Resort

Tras unos minutos de relativa acción, con los tiburones pasando, el mero observando, y los buceadores haciendo fotos sin parar, me di cuenta de que no nos daban la señal para poder nadar entre los tiburones antes de abrir el cubo de cebo. Nos habían dicho en el “briefing” que si no había corriente podríamos hacerlo, pero con la corriente que había, y creo yo que con la poca experiencia de alguno de los buceadores, por no hablar de la obesidad y falta de forma física de algunos de ellos, pues decidieron no permitirnos nadar con ellos, no fuera que tuvieran que ir a buscar a alguno que se dejara arrastrar por la corriente.


Foto: Anthony’s Key Resort

Sergio se puso en el arenal delante de nosotros, con el cubo en sus manos. Llevaba guantes de cota de malla, precaución necesaria cuando se maneja cebo entre tiburones. Con un golpe de aleta se elevó levantando la tapa del cubo, y se alzó por encima de la cota de los tiburones, que se lanzaron en forma de masa descontrolada a por el pescado del cubo. En realizad no hubo el “frenesí alimentario” que yo había visto en vídeos de otras actividades parecidas a esta, más bien una maraña de animales buscando algo. Estaba claro que la comida era tan poca que yo no vi trozos de pescado por ningún lado.

Foto: Antonio Busiello


Foto: Antonio Busiello


Foto: Antonio Busiello


Tras acabar aparentemente con el cebo que había en el cubo, algunos ejemplares se fueron pero otros siguieron rondando la zona unos minutos más. Al fin supe por qué no se iban: en ese momento Sergio levantó una piedra que ocultaba un resto de cebo, que sin duda había escondido él mismo cuando bajó el primero, y que tenía la finalidad de “prolongar” un poco más la experiencia de los tiburones nadando en torno a nosotros.

Acabado todo el cebo, los tiburones desaparecieron y los buceadores se lanzaron al arenal a buscar los dientes que se les caen a los escualos cuando comen: ese era el premio por habernos estado quietos observando. Tras ello ya no había nada que hacer allí y comenzamos el ascenso.

Finalizada la actividad, tras la pertinente parada de seguridad, yo estaba feliz en el barco. Había conseguido bajar (no sin esfuerzo) y disfrutado mucho de la inmersión. Lo de que la experiencia es un “subidón de adrenalina” en este caso y para mí no es cierto, pues me sentí cómoda y fascinada. Estaba claro que de forma definitiva había expulsado “mi miedo” de mi cabeza, y había quedado tan solo una pequeña prevención por estar delante de un animal salvaje en su medio. Ahora este miedo había sido desplazado por una especie de fascinación que ya no me iba a abandonar nunca.

Conclusiones e interrogantes 

En el trayecto de vuelta, y ya en casa, me surgieron algunos interrogantes, relacionados con las razones por las que se bucea con tiburones.

Con estas prácticas, ¿se modifica la conducta del tiburón frente a los humanos? Indudablemente algo sí, aunque no se les “alimente”. 

¿Se contribuye a “salvar” a los tiburones? ¿Se da valor al tiburón vivo frente al tiburón muerto? Pues está claro que estas actividades en muchos países han contribuido a que ciertos pescadores de tiburones abandonen su actividad por una más lucrativa como es el buceo con ellos.

¿O quizá solo se ve cumplido el deseo del buceador “friki”? Muy posiblemente muchos, tras esta experiencia, ya tienen batallas que contar a buceadores y no buceadores, con independencia de lo que hayan sentido.

¿Realmente se consiguen defensores de los tiburones? Personalmente creo que sí, porque por muy insensible que seas a la conservación de estos animales, una vez que te sumerges con ellos siempre tratas de que no desaparezcan de nuestros mares: creo firmemente que conocer es el primer paso para protegerlos.

¿Y qué fue del miedo? En mi caso desapareció, y me quedaron unas ganas enormes de poder encontrarme más veces con tiburones bajo el agua, ya sea de manera espontánea o a través de este tipo de actividades.

Ahí os quedan estas reflexiones, para que todos las pensemos y adoptemos nuestra posición al respecto.